Julia no vino a consulta diciendo que le faltaba la felicidad. Vino porque no soportaba más la tristeza. Una tristeza que se le pegaba al cuerpo como humedad, que la seguía a todas partes y se colaba en su rutina sin pedir permiso.

Lo curioso es que no hablaba del dolor directamente. Le incomodaba. Lo esquivaba como quien no quiere ver de frente algo que duele más por lo que significa que por lo que es. Cada vez que algo se rompía en su vida, intentaba recoger los pedazos con una sonrisa forzada o una justificación lógica. Como si el dolor fuera un error que debía corregirse.

En una de esas sesiones dijo: “Tal vez la felicidad no es para mí. Tal vez ese camino no lo puedo recorrer.”

Cercano a ese momento llegó a mí un libro de Gabriel Rolón, La felicidad más allá de la ilusión, libro que me recomendó un buen amigo mío. No sé si por casualidad o causalidad –como suelo decirles a mis consultantes–, lo cierto es que esa lectura y la historia de Julia se cruzaron dentro de mí y me impulsaron a escribir sobre eso que muchos buscamos sin saber cómo: la felicidad.

Felicidad como promesa (que nunca llega)

Hay quienes imaginan la felicidad como una meta, un destino, un trofeo al final del esfuerzo. Pero cuando parece que estamos a punto de alcanzarla, se escapa. Como si jugara a las escondidas con nosotros.

El psicoanálisis lo explica de una forma sencilla: buscamos repetir una sensación de placer que alguna vez tuvimos. Pero esa escena ya pasó. El objeto de deseo ya no está. Como decía Heráclito, no podemos bañarnos dos veces en el mismo río. Esa misma sensación jamás podrá repetirse.

Aun así, seguimos buscando —es eso lo que nos hace humanos—, pero a veces pensamos que fue, que está en el pasado, al que miramos con nostalgia. A veces en el futuro, con esperanza. Pero en ambos casos, parece que siempre está en otro lado.

Felicidad en frasco de nostalgia (¿estás en lo que fue?)

¿Alguna vez has sentido que eras más feliz en otro tiempo? ¿Que hubo un momento al que volverías sin dudarlo?

El mercado sabe bien cómo explotar ese sentimiento. Nos vende “felicidad” disfrazada de recuerdos, con el mensaje de que lo mejor ya pasó y de que tal vez no volverá. Se vuelve casi una trampa emocional: en lugar de vivir lo que hay, anhelamos lo que hubo.

Pero como bien dice Rolón, no hay reencuentro con el objeto perdido. Cuando solo buscamos la felicidad en lo que ya fue, comenzamos a morir un poco por dentro.

Felicidad como esperanza (¿es una ilusión?)

La otra gran promesa es la del mañana. Ahí donde se depositan todos los “cuando tenga”, “cuando logre”, “cuando pase esto o aquello”.

Religiones y culturas han construido imágenes potentes de un final feliz: el paraíso, el nirvana, el descanso eterno, el Valhala. Y en ese guion, la felicidad está al final del camino, después del sacrificio. Pero… ¿y si nunca llega? ¿Y si la vida se pasa esperando?

Hay quienes viven en ese “mañana eterno” posponiendo decisiones, placeres, deseos. Procrastinando no por flojera, sino por miedo. Por la angustia de no saber si lo que buscan realmente existe o por la angustia de encontrar que no era lo que esperaban.

La felicidad como responsabilidad (¿o es lo que agota?)

Vivimos en una época donde la felicidad parece una obligación. Hay una presión silenciosa —y a veces muy ruidosa— de ser felices todo el tiempo. Las redes sociales, los gurús del bienestar, los libros de autoayuda... todos repiten el mismo mantra: “Sé feliz, depende de ti.”

Pero… ¿y si no quiero sonreír hoy? ¿Y si la tristeza también es parte del camino?

Byung-Chul Han lo dice con crudeza: hemos perdido el derecho al silencio, al vacío, al aburrimiento. Vivimos sobresaturados de estímulos, de metas, de mensajes que nos piden estar “bien” incluso cuando todo dentro dice lo contrario.

Ver la “felicidad” ajena se convierte entonces en un espejo cruel que nos muestra lo que creemos no tener o no merecer por falta de esfuerzo. Nos sentimos rotos, fallados, inadecuados, vacíos. Usualmente este es el momento que las personas llegan a consulta, cuando se agotan y el malestar se hace cada vez más insoportable. Les sobrepasa. Aquí es el lugar de la palabra.

La elección de Julia (finalmente es solo una elección)

Julia, después de muchas sesiones, encontró algo que no esperaba: una forma de vivir más acorde a lo que es, y no a lo que se supone que debe ser. Descubrió que no se trata de una felicidad constante, sino de momentos que pueden —o no— ser placenteros.

No todo tiene que doler, pero tampoco todo debe hacerte feliz. Aceptar eso fue su punto de partida. Encontrar una posibilidad de convivir con la falta, con lo que no está, con lo que no será. Dejar de pelear con el vacío y construir desde allí. No como un mandato, sino como una elección.

Eso, para ella, fue suficiente. Y, a veces, eso también es felicidad.