Como a muchos, para mí el título del libro de Han Kang “La vegetariana” me remitía a poco o más bien a nada, ni siquiera pensé en esa oda a lo saludable que para algunos fue una posibilidad. Sin embargo, al iniciar la lectura aparece una historia un tanto molesta o más bien se hace molesta la forma en la cual el esposo de Yeong-hye –nuestra “protagonista”– habla de por qué él eligió estar con ella: no por quien era ella en sí misma, sino porque encajaba en su idea de esposa ideal, “tal como lo había esperado, mi mujer se ajustó sin problemas al rol de esposa común y corriente que yo deseaba”.

El deseo femenino ¿una amenaza?

De manera abrupta, la narración se transforma en un sinsentido para quienes la rodean, pues a causa de un sueño nuestra protagonista toma una decisión que cambia los planes de su esposo. Yeong-hye, esa mujer que “no parecía tener ningún atractivo especial tampoco parecía tener ningún defecto en particular”, deja de comer carne, lo cual lo puso en aprietos de cara a la sociedad. Algo que a mi parecer lo molestó sobremanera y no le permitió interesarse en comprender la experiencia subjetiva de su esposa, pues él interpretaba su “raro” actuar como un ataque que no tenía otro destinatario más que él.

Bien, en este punto, cabe preguntarse: ¿qué ocurre cuando una mujer se atreve a decir NO desde su cuerpo, desde su deseo, desde su silencio? Al parecer una catástrofe. Como diría Luce Irigaray, la relación entre Yeong-hye y su esposo se adscribía en la lógica de lo Mismo, referida a esos encuentros en los cuales “el otro no tiene estatuto de sujeto ni goza de posibilidad de ser reconocido, sino que constantemente es objetivado, y construido como un lienzo proyectivo sobre el que se despliegan las fantasías narcisista de uno mismo” (Fusco, 2019, p. 34). De ahí que la preocupación del esposo de Yeong-hye paulatinamente se convirtiera en un contrataque que permitiera recuperarla, con la complicidad de su familia, pues su propósito no era cuidar de ella, sino de su propia imagen.

Los guardianes de un orden patriarcal

Es así como en este universo nos encontramos a la madre, el padre, el cuñado y la hermana de Yeong-hye. Inicialmente en su madre vemos a ese prototipo de mujeres que solamente pueden “concebirse a sí mismas en los términos del discurso masculino que las marcó desde el principio como seres inferiores” (Boyer, 2004, p. 104). No por ser mujer se compadeció de su hija; por el contrario, fungió como agente-guardián de esa lógica masculina que, en lugar de escucharla, casi que le exigió que complaciera a su esposo y se ajustara a los mandatos sociales… en otras palabras, que obedeciera, que se comportara, que no desobedeciera.

No siendo esto suficiente, cuando la palabra de la madre fracasa como recurso de control, entra en escena el padre, quien a diferencia de su madre no concilia vía la palabra sino vía el acto: la golpea. Evidenciando así que el control sobre el cuerpo femenino se mantiene, incluso, mediante la fuerza. Como diría Jessica Benjamin, “la consecuencia primaria de la incapacidad para conciliar la dependencia con la independencia es entonces la transformación de la necesidad del otro en dominación del otro” (1988, p. 74). El golpe a Yeong-hye no es solo una agresión física, también es un acto simbólico que muestra que el castigo es el único recurso frente a la intolerancia de que el cuerpo femenino se salga de control.

El arte como disfraz de apropiación

Si continuamos con su cuñado –junto con el personal médico– nos encontramos con una mirada que reduce el cuerpo de Yeong-hye al de un objeto con el cual se podía hacer cualquier tipo de cosas. Lo particular en este punto es que dichas intervenciones se camuflaban en posibilidades de libertad. El personal médico, con la promesa de cura, podía liberarla de eso que estropeaba sus relaciones interpersonales, pues le causaba malestar… a los otros. Aun cuando en medio del relato no leemos ni una sola vez que el personal médico haya interpelado o escuchado a Yeong-hye.

Su cuñado, por otro lado, aprovechó la oportunidad para darle lugar a su necesidad de afirmación en el mundo del arte. Aunque parecía ofrecer libertad, instrumentalizó su trance interior para coaccionarla y recrear una escena “bella” que en realidad era grotesca, pues implicaba acceder carnalmente a su cuerpo. Si bien en un principio recurrió a un amigo suyo –el único personaje que reconoció a Yeong-hye como sujeto–, luego terminó perpetuando dicho acto, dilapidando así sus vidas.

Lealtades que duelen más que la locura

En el último capítulo, vemos que su hermana, desde la venganza, la llevó a un sanatorio. Desde una perspectiva moral, puede evidenciarse la decadencia de Yeong-hye; desde una emancipadora, puede interpretarse como el desafío final a la norma, actuando conforme a su deseo. Sin embargo, su hermana también actuó desde una lógica masculina, interpretando la diferencia en términos de carencia o falta (Boyer, 2004, p. 100). En lugar de empatía, mantuvo el orden familiar haciendo que Yeong-hye pagara con su libertad. Al esposo lo privó de sus sentimientos, intentando volverse indiferente a él —“No te conozco…”, le dijo—.

El cuerpo, una voz inescuchada

La hermana de Yeong-hye tampoco la comprendió, aunque aparecían destellos de compasión. Como el esposo, pensaba más en sí misma que en ella. Su propio vacío le permitió reconocerse en el sufrimiento ajeno:

«Todo esto no tiene ningún sentido. No puedo aguantar más. No puedo seguir adelante. No quiero seguir adelante».
Del mismo modo que su vida no había sido nunca su vida.

Yeong-hye: nunca fue sobre ella

La voz de Yeong-hye nunca les importó, nunca fue escuchada. Aunque los lectores conocemos los motivos de su elección, su entorno nunca los entendió. Su cuerpo patologizado habló aquello que con palabras no pudo decir en una sociedad que jamás le permitió formular su deseo. En definitiva, Yeong-hye nunca dejó de ser un cuerpo sobre el que se proyectaron deseos, normas y castigos ajenos. Su silencio fue un acto de resistencia y su locura, una forma desesperada de escapar a una existencia que nunca fue suya.

Referencias bibliográficas

  • Boyer, A. (2004). Irigaray y la cuestión de la diferencia sexual. Eidos: Revista de Filosofía de la Universidad del Norte, (2), 91–105. Leer artículo
  • Freud, S. (1915). Pulsiones y destinos de pulsión. En Obras completas (Vol. XIV, pp. 113–134). Amorrortu.
  • Fusco, V. (2019). Amor a la diferencia/amor en la diferencia. Dossiers Feministes, 25, 27–41. Leer artículo